Estaba de viaje cuando la vi por primera vez. Era pequeña, delicada, y corría sin parar sobre las vías del tren. No importaba si llovía o lucía el sol, ella no paraba de correr. La empecé a seguir con la mirada y al notar que no me alcanzaba no podía evitar esbozar una pequeña sonrisa. Velocidad y adrenalina es lo que sentía con cada minuto que pasaba, con cada vibración de la música que retumbaba en mis oídos. Asomé la cabeza por la ventanilla para ver cuánto camino quedaba por delante y de inmediato tuve que cerrarla; demasiado viento. Ella corría, pero yo no sabía porque lo hacía. Podría estar buscando a alguien o corriendo hasta más no poder por miedo a perder a alguien o algo. Mire al cielo y me empezaron a caer pequeñas lágrimas; el sol brillaba a más no poder. El cielo era azul claro y las pocas nubes que asomaban eran iluminadas por el sol. En ambos lados dos aviones despegaban hacia algún lugar desconocido. Los montes brillaban como nunca incluso si estaban en sombra. Y ella seguía corriendo por su camino y yo tuve que despedirme porque el mio no era el mismo. Le sonreí por última vez y pude ver como se alejaba por aquellas vías de tren. Ella era la luz, la luz que ilumina la vida.